Treinta años después del capo más buscado del mundo, Colombia recibe 6.7 millones de turistas al año. Nadie lo vio venir.
En los años ochenta, mandarle una postal desde Colombia a tu familia era casi una declaración de guerra. La palabra “Medellín” no evocaba música, flores ni fiestas. Evocaba cadáveres. En 1988, la revista Time llamó a Medellín “la ciudad más peligrosa del mundo”. No era una exageración. Era una descripción geográfica.
Un solo hombre lo había logrado. Pablo Escobar, jefe del Cartel de Medellín, responsable del 80% de la cocaína que entraba a Estados Unidos en su punto de mayor poder.
El estado colombiano no gobernaba el país. Sobrevivía en él.
Murió el 2 de diciembre de 1993. Y Colombia empezó, lentamente, a caminar.
El premio que nadie esperaba
El 1 de marzo de 2013, el Wall Street Journal, Citigroup y el Urban Land Institute anunciaron el ganador de su concurso global “Ciudad del Año”: Medellín, Colombia. La ciudad que había registrado más de 7,000 homicidios en un solo año acababa de vencer a Nueva York y Tel Aviv como la urbe más innovadora del planeta.
La tasa de homicidios había caído un 80% en dos décadas. Se construyeron metrocables que conectaron por primera vez los barrios marginales con el centro. Parques biblioteca aparecieron donde antes había trincheras.
El mundo lo leyó. Y empezó a hacer las reservas
El precio de la fama.
Según el Ministerio de Comercio de Colombia, en 2024 el país recibió 6.7 millones de visitantes internacionales, un 8.5% más que el año anterior, que ya había sido récord. Pero el turismo trajo consigo una industria incómoda: recorridos por la tumba de Escobar, la cárcel que él mismo se construyó, los edificios donde vivió y murió.
Narcos de Netflix, vista en más de 190 países, romantizó al capo de tal forma que convirtió sus escenarios en destinos de peregrinación. El turista llega buscando al villano de la pantalla y encuentra una ciudad que lleva treinta años tratando de enterrarlo.
Colombia ganó la batalla más difícil: convencer al mundo de que valía la pena visitarla. Ahora enfrenta una más sutil: decidir qué historia quiere que el mundo venga a ver.
Por ahora, los números dicen que la apuesta está funcionando. El reto es que el turista lleve a casa la historia de un país que se levanto desde las cenizas.
No la foto en la tumba de un narco.
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