La historia de cómo Tailandia destruyo lo que tardo un siglo en construir.
Abril de 2017. CNN publica su lista anual de las mejores ciudades del mundo para comer en la calle. En el primer lugar, por segundo año consecutivo, Bangkok. No París. No Ciudad de México. No Tokio. Bangkok. La ciudad donde dos tercios de sus habitantes desayunan, comen y cenan en la calle. Donde una señora con un wok y cuarenta años de oficio puede ganarle a cualquier restaurante de mantel largo.
El mundo aplaude. Los medios replican la nota. Los turistas marcan vuelos.
Y entonces llega el golpe.
Días después del reconocimiento, Wanlop Suwandee, asesor principal del gobernador de Bangkok, declaró al diario The Nation: “La administración metropolitana está trabajando para eliminar a los vendedores ambulantes de los 50 distritos de Bangkok y devolver las aceras a los peatones.”
No hubo un gran decreto. No hubo una fecha oficial. Solo desalojos graduales, sin prensa, sin escándalo. Desde el golpe militar de 2014, según registros del Gobierno Metropolitano de Bangkok, más de 17,000 vendedores perdieron sus licencias y 500 de las 700 zonas designadas para venta callejera fueron eliminadas. Las áreas permitidas pasaron de 683 a apenas 175.
Bangkok no prohibió su comida callejera. La fue borrando en silencio, puesto por puesto, durante una década.
Para 2024, acceder a un permiso para vender en la calle requería demostrar condición de vulnerabilidad económica ante las autoridades, según reportes de medios locales tailandeses. Lo que alguna vez fue un derecho cotidiano se convirtió en un privilegio burocrático.
La respuesta del gobierno de Bangkok fue construir un Hawker Center: un centro de vendedores con horarios regulados, puestos numerados y turnos de operación. Una solución ordenada, limpia, supervisada.
Eso no es preservar una cultura. Es imponerla.
Algo queda todavía de lo que el mundo aplaudió en 2017. Pero cada año es un poco menos.
Bangkok no desapareció. Solo se escondió un poco más. Gran Tour sabe dónde encontrarla.
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