Caracas era la ciudad soñada para vivir en los años 70. Su moneda “el bolívar” era muy fuerte, más fuerte que el dolar. Los venezolanos viajaban al exterior como turistas, no como refugiados. Caracas recibía migrantes europeos y asiáticos en busca de oportunidades. Aquí la educación era gratuita.
A mediados de los años 80, el precio del petróleo se desplomo y con él la economía de Venezuela.
El 18 de febrero de 1983 llego el conocido “Viernes Negro”, el bolívar estaba sufriendo su primera devaluación importante desde 1930. Ahí fue el inicio de la crisis que nunca terminaría
El Caracazo
En 1989 el gobierno aplicó un paquete de medidas económicas donde hubo privatizaciones, aumento al costo de los servicios. La respuesta del pueblo fueron protestas masivas, disturbios y saqueos. El pueblo venezolano recibió represión, el Caracazo dejo cientos de muertos.
A finales de de los 90 aproximadamente el 67% de los venezolanos eran pobres y el 35% vivía en pobreza extrema.
Hugo Chávez entró al poder en 1999 prometiendo una revolución para los pobres, “La riqueza del petróleo iba a ser del pueblo”. Para los primeros años parecía funcionar, la pobreza estaba cayendo, se empezaban a ver clínicas en barrios marginados, un pequeño destello de luz para una Venezuela en tinieblas.
Si todo empezaba a pintar bien para Venezuela, ¿Que fue lo que paso?
Chávez se hizo dependiente del petróleo, no estaba construyendo una economía. El barril de petróleo costaba 100 dólares el barril, eso significaba dinero para todos. Pero que paso cuando el barril empezó a costar 30.
Destruyó instituciones. Cerró medios, persiguió opositores, eliminó la independencia judicial y concentró todo el poder en sus manos.
En pocas palabras Chávez era como alguien que encuentra una herencia enorme, la gasta en fiesta, promesas y en sus amigos, no invierte nada y cuando el dinero se acaba no queda nada.
Probablemente sus intenciones eran buenas la inicio. Pero eso pasa a segundo plano cuando el resultado es el colapso más grande de América Latina.
Yo no soy venezolano. No crecí escuchando el Ávila desde mi ventana, no aprendí a bailar joropo en una fiesta familiar, no tengo recuerdos de una Caracas que ya no existe. No puedo pretender que entiendo lo que se siente perder un país desde adentro.
Pero sí puedo ver lo que quedó.
Veo a siete millones de personas que un día hicieron una maleta, cerraron una puerta y decidieron que quedarse era más peligroso que irse. Que cruzaron fronteras a pie, que durmieron en carreteras, que llegaron a países que no siempre los recibieron bien y aún así siguieron caminando. No porque no amaran su tierra. Sino porque su tierra dejó de poder sostenerlos.
Veo a las familias que se quedaron. A los médicos que operan con lo que tienen. A los maestros que enseñan sin materiales. A los abuelos que no entienden cómo el país que conocieron se convirtió en esto.
Venezuela no era perfecta. Ningún país lo es. Pero era un país con futuro. Con recursos suficientes para que nadie tuviera que pasar hambre. Con una riqueza que debió alcanzar para todos y que terminó no alcanzando para nadie.
Eso es lo que más duele de ver a Venezuela desde afuera. No la crisis. No los números. Sino saber que no tenía que ser así.
Que tal vez todo esto se pudo evitar.

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